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Lo que enferma y lo que sana al hombre nos ayuda a comprender cómo las heridas no sólo nos abren a nuestra propia verdad y la verdad de los hombres que nos rodean, sino que también nos abren a Dios. Jesús se volvió precisamente a los hombres lastimados porque sabía que estaban abiertos para la Buena Nueva del Dios misericordioso. No son los sanos quienes necesitan de médico, sino los enfermos. Los heridos intuyen que no pueden curarse a sí mismos, que dependen de la gracia de Dios.
Están abiertos a Dios como al verdadero médico de las almas.
Jesús llama bienaventurados a los pobres y a los que lloran, a los heridos y lastimados. Y en la parábola de la gran cena nos señala que los exitosos se excusan, pero los pobres y lisiados, los ciegos y los cojos aceptan la invitación. Allí donde está mi herida, allí estoy abierto para la gran cena, para ser uno con Dios.
experiencia del propio desvalimiento y la propia herida es evidentemente la condición para una experiencia real de Dios. Porque entonces no confundiré a Dios con mi propio éxito, con mi propia imagen ideal, sino que experimentaré realmente al Dios de mi salvación, al Dios que me ha salvado y restaurado a mí, un ser humano desgarrado y herido.
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  • 128
  • 200
  • Rústica
  • 2008
  • Castellano
  • 9789870007432

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