Comentario
Buenos Aires, refundada tantas veces, cosmopolizada hacia 1900 con ímpetus descomunales de progreso, se gradúa de metrópoli latinoamericana en las décadas de 1920 y de 1930. En esos tiempos, la cultura arquitectónica de Buenos Aires se enroló fundamentalmente en el Art Déco y el Racionalismo, ambos gestados en Europa y, en parte, en los Estados Unidos. Fiel a su tradición, la ciudad busca remodernizarse tomando ejemplos a diestra y siniestra, pero siempre creando su propia mezcla, su particular estilo, su imagen única. Con la misma desfachatez y desmesura con las que hizo propios otros estilos y tendencias, une, mezcla, cose, trasviste innumerables modelos, tipos y referencias, para fecundar una moderna cultura de arquitectura y diseño muy porteña, quizá ya demasiado argentina.
Curiosamente, casi todo se desdramatiza en la capital de un país que sigue su acalorada carrera de progreso e ilusión. Balanceándose entre gobiernos democráticos y autoritarios, apenas se sacude por la Primera Guerra y hasta logra salir de la Gran Depresión con celeridad. Como dice un tango del fin de eso era "Todo es igual, nada es mejor...". Daba lo mismo el déco que el racionalismo, el vanguardismo que la reacción, lo inglés que lo italiano, París que Nueva York. Dentro de este singular cultivo, en los años de entreguerras, se fue forjando una cierta identidad argentina con cabecera en esta ciudad. Se manifestó en varios campos de la cultura y la sociedad: la música, el idioma y la literatura. Algo similar sucedió con la arquitectura, que avanzó en la resolución de un carácter propio, siempre salpicado por la diversidad, la heterogeneidad y la universalidad. Fruto de todo este proceso es el patrimonio déco y racionalista de Buenos Aires, que cuenta (más allá de olvidos, desfiguraciones y destrucciones) con un gran conjunto de edificios, espacios, redes y estructuras que merece ser revalorizado y protegido y que este libro pretende retratar en su variedad y complejidad.
|