Comentario
Los gestos provocados por la insólita aparición de Charlie Parker recorrieron el éxtasis, la indignación, el desconcierto y la condena. Quienes se embelesaron escuchando a Louis Armstrong (y sus antepasados) lo acusaron, por lo menos, de traidor e iconoclasta. Algunos melómanos, con oídos abiertos a la vanguardia, se entusiasmaron, fingiendo que entendían. Una epidemia de snobs adhirió a la confusión. Los falsos profetas ventilaron sus prejuicios reaccionarios.
Charlie nació tan pobre como Armstrong (o Gardel o Aníbal Troilo). Cambiaron la música y la manera de escucharla, de manera intuitiva y autodidacta. Entretuvieron audiencias de escasa o ausente moral. Ambos dominaron el terrenal lenguaje de los "blues". Armstrong, carente de propósitos, domesticó el primitivismo y lo diseminó por el planeta. Parker eludió convenciones inventando un idioma que resultó aristocrático y fue pronunciado con corrección por muy pocos.
Armstrong se dirigió al corazón de la gente. Parker persiguió la inteligencia.
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