Comentario
Estamos acostumbrados a imaginar la Buenos Aires de los años posteriores a 1810 como una pequeña ciudad, casi una aldea, apenas el escenario colorido para los turbulentos acontecimientos revolucionarios: un escenario poblado de anécdotas curiosas, costumbres y personajes pintorescos. Esta imagen de la ciudad fue creada por los memorialistas de fines del siglo XIX, que construyeron una perspectiva de infancia capaz de reafirmar los rasgos incontaminados de aquella ciudad de su niñez, en abierta oposición a la moderna metrópoli que se gestaba ante sus ojos.
Fernando Aliata descompone esa visión tradicional de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX para mostrarnos, por primera vez, una ciudad muy compleja, tanto por su articulada estructura urbana, como por su presencia en los discursos de la élite revolucionaria y por la elaborada gestión técnica que se inicia durante el período rivadaviano. Los discursos y la gestión configuran una imagen de ciudad típica del ideario tardoiluminista: la ciudad regular. Pero la regularidad geométrica no es, en este modelo, un ideal exclusivamente espacial o urbano, sino político: la reorganización de la ciudad es un mecanismo de sostén del proyecto político surgido después de la crisis de 1820. En ese proyecto, la idea de ciudad regular supone un tipo nuevo de espacio urbano y de arquitectura, pero además una jerarquización de Buenos Aires como gran ciudad rectora: la ciudad capital aparece como clave de la organización de un espacio político nacional, regido por una cultura urbana ilustrada desde la cual se imagina una profunda transformación de las creencias, las mentalidades y las prácticas sociales.
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