Comentario
Desde la más remota antigüedad, los piratas se dedicaron a asolar los mares: asaltaban barcos y destruían ciudades buscando tesoros. Para protegerse de estos feroces ladrones, los habitantes de los puertos construían resistentes murallas, fuertes y torres de vigías, y artillaban navíos que patrullaban la costa, dispuestos a entrar en combate en caso de ataque. Los piratas adquirieron con el tiempo y gracias a algunos poetas y novelistas, un halo romántico que en realidad nunca merecieron. Eran vulgares y crueles ladrones que durante muchísimos años aterrorizaron a barcos mercantes y ciudades costeras.
Hubo piratas fenicios, griegos, vikingos, normandos, berberiscos y chinos. Julio César, en el año 76 antes de Cristo, cuando partía desterrado a Rodas, fue secuestrado por piratas durante seis largas e inquietantes semanas. Sólo pagando un rescate de 50 talentos pudo ser liberado.
En los siglos XVI y XVII, el Caribe se convirtió en el mar preferido de los piratas. Por este peligrosísimo mar surcaban las flotas españolas repletas de plata extraída del fabuloso Cerro del Potosí. Cuando un barco salía de un puerto caribeño, los osados filibusteros esperaban pacientemente mar afuera para atacarlo y quedarse con el suculento botín.
|