Comentario
Cuando al porteño Manuel Belgrano, apoya en el Congreso de Tucumán, la moción de los diputados de las provincias del Alto Perú, en el sentido de que al definirse la forma de gobierno de las Provincias Unidas, se lo hiciera como una monarquía constitucional, ocupando su trono un descendiente de la nobleza incaica, ellos sabían muy bien lo que hacían.
El autor, oriundo del noroeste de nuestro país conoce y de haber estado en aquel momento habría compartido tal pensamiento. Todo ello por haber transitado los caminos del Inca que aún subsisten en nuestro norte. Recorrido los restos de aquella gran civilización andina, conocer sus descendientes, etc., comparte el antedicho pensamiento.
No pocos mal informados quizá imaginen al Imperio incaico como un conjunto de tribus salvajes, viviendo de la caza y la pesca. Esto no fue así. El Imperio abarcaba una superficie superior a los tres millones de kilómetros cuadrados y contenía a la llegada de los españoles, una población heterogénea estimada en veinte millones de almas. Abarcaban sus dominios desde el actual Ecuador, todo el Perú, casi todo Bolivia, el noroeste argentino, gran parte de Cuyo y la mitad del territorio chileno.
La nobleza imperante constituía una oligarquía de sangre educada para ejercer el difícil gobierno de un país heterogéneo y disperso. Una de las herramientas más importantes para tal labor lo constituía su casi perfecta organización administrativa y contable, pese a no haber desarrollado la escritura tal como nosotros la concebimos. Todo esto en forma muy esquemática intentamos resumir en el primer capítulo de este libro.
Luego habrían de venir los conquistadores, pero esa es otra historia, igualmente poco conocida por quienes habitamos este litoral atlántico...
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