Comentario
De su lado, Martín Riwnyj, la ciudad desolada, habitada por fragmentos de herrumbre y concreto, edificios elevando su geométrica presencia entre rumores citadinos a la vez carentes de habitantes, a no ser por aquellos que no vemos, o por quienes de facto aparecen como aislados del tiempo, en un estar y, de inmediato, ya no ser, evaporándose como en un sueño o en un filme (sean los solitarios suburbios neorrealistas, o en la forma de tránsito lacónico como en los infinitos minutos finales de "El eclipse" de Antonioni).
La ciudad-frente de todas las batallas cotidianas, universo paralelo que define lo humano en un tiempo y movimiento ajenos al resto del mundo, e inclusive, a las otras ciudades, esos otros microcosmos donde calles y edificios, llegado el punto-de-vista-del-pintor, parecen también prescindir de nosotros, elevando sus cuerpos y extendiendo sus arterias, con sus timbres metálicos y percusiones: ruidos que invaden la casa como en esa tela futurista de Boccioni, con su sinfonía concreta pegada a lo urbano mientras emana de él, resonando y resoplando, cantando y contando con todo el dinamismo del gerundio acumulado y recordando al venerable John Cage.
Las ciudades de Martín Riwnyj son vestigios de una modernidad extraviada en un presente convulso y paradójicamente intemporal, que la pervive y le agrega su propia lectura distanciada, posmoderna, sofocándola incluso e incluso negándola. Los testimonios están ahí: construcciones autónomas de quien las utiliza, soberanas de eso que idealistamente llegamos a concebir alguna vez como nuestro (sin saber que éramos nosotros quienes le pertenecíamos): "La ciudad que habitamos", "La ciudad que nos vio nacer", "La ciudad donde vimos la primera luz"...
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