Comentario
Ráfagas de sentido tan intensas como fugaces preguntas que más que interrogar por lo que ignorar quieren dar sustento al impacto perdurable que, sobre una sensibilidad abierta, tiene el trato con lo impensable; imágenes propuestas por una voz que bien puede llegar a ser la nuestra si su cadencia nos revela un signo identificable. Ése que, como un espejo propio e insospechado, nos habla a nosotros, de nosotros. Lejanías, en suma, que son súbitas presencias; cercanías familiares que, de pronto, inundan de extrañeza y abren grietas de distancia, pena, júbilo y ausencia.
No se trata, aquí, de un mero juego de contrastes sino de vertiginosas sucesiones, de simultaneidades tan reales como desconcertantes. Mediante ellas, una mirada (la de Karina Rotblat) interroga su propia consistencia y enhebra en palabras su sed de discernimiento, su alegría, su desolación.
No necesariamente hay primer libro cuando por primera vez se publica uno. Lo hay, en cambio, donde por primera vez queda atrás la inespecificidad de una voz, el anhelo de expresión que no logra encontrar la forma indispensable, afortunada, que da vida literaria a quien escribe. Y eso es lo que ocurre en este caso. Estas páginas poco y nada evidencian de la lucha que precede al logro y, en esa medida y paradójicamente, todo lo revelan de la magnitud de esa lucha. Con estas Imágenes de una voz, Karina Rotblat entrega limpiamente los frutos de su errancia por el tiempo, los sentidos que se integran y desintegran sin cesar, constituyéndola y destituyéndola, dándole y no dándole de vivir.
Nada le deberemos a menos que se nos haga indispensable agradecerle esa inspirada aptitud para crear intimidad.
|