Comentario
En 1519, el entonces emperador azteca Moctezuma II fue alertado de la llegada de unos hombres blancos y barbudos, a veces con cuatro patas y formas de caballo, a los que desconocían por completo, que habían llegado a las costas veracruzanas en enormes naves. Hombres dotados de armas terroríficas que escupían fuego. Según profecías ancestrales, en esa misma época debería volver Quetzalcoátl o Serpiente Emplumada, dios rey barbado que se desterró voluntariamente y que anunció su regreso. Así pues, no es de extrañar que los hispanos se aprovecharan de esta circunstancia especial de interpretación y fueran recibidos con regalos y honores en la bella Tenochtitlán. No eran guerreros enemigos, sino mensajeros que acompañaban a Quetzalcoátl.
Hernán Cortés supo aprovechar esta ocasión de privilegio y, ayudados de numerosos pueblos indígenas descontentos con la política despótica de los aztecas, se aliaron con los 400 hispanos que llegaron y lograron derrotar tras varios años de sitio a los aztecas. De los 25 millones de habitantes que se supone tenía México en la época, sólo una décima parte logró sobrevivir a las guerras, a las enfermedades y a la desesperación. Así, de viruela murió Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma II. Cuauhtémoc, sucesor de este, dirigió la defensa de la ciudad de forma heroica y, una vez capturado, fue ahorcado. México pasó a depender de la corona de Castilla. Los últimos mayas guatemaltecos del Quiché capitularon en 1546 y así acabó toda la cultura autóctona.
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