Comentario
Esta corriente nació a mediados de los años sesenta como una forma estética que no pretendía ser ni pictórica ni escultórica y que acabó siendo todo eso y más. En la actualidad, el uso del término se ha extendido y se aplica también como adjetivo para definir no sólo elementos arquitectónicos sino espacios interiores como los que recoge esta obra.
Los 32 proyectos que siguen a continuación tienen algunos rasgos comuna característicos del movimiento minimalista. Todos ellos son espacios abiertos y amplios. Para ello han eliminado todas las barreras arquítectónicas posibles y dejan en muchas ocasiones la estructura al desnudo. Lo que Mies van der Rohe denominó "el esqueleto y la piel" del edificio no es más que eso, armazón y luz.
La luminosidad es otro de los aspectos esenciales, que se ve potenciada por el empleo masivo del color blanco, la monocromía y las grandes superficies acristaladas. Estas aberturas no sólo permiten una mejor iluminación sino que se convierten en un vehículo de comunicación con el medio exterior con el que se establece un diálogo que enriquece el conjunto.
Fue también el arquitecto alemán quien definió en la siguiente frase otro de los rasgos fundamentales de los ambientes minimalistas: "Si algo no sirve por lo menos para tres cosas, entonces no sirve". Tanto los elementos constructivos como el mobiliario suelen cumplir varias funciones. Normalmente ejercen de separadores de ambientes, ya sean móviles o fijos, además de superficie de trabajo o armario de almacenaje, maximizando de esta manera la superficie libre.
El minimalismo prescinde de todo lo irrelevante para enfatizar lo importante y con ello gana en libertad. Este aspecto lo relaciona con una manera de entender la vida propia de sociedades tradicionales, no consumistas, en las que la casa es también un espacio para la calma y la reflexión, para el descanso y el sosiego, donde lo sagrado convive con lo cotidiano.
|