Comentario
De 1930 en adelante y hasta su muerte, en 1954, Henri Matisse creó obras de arte de extraordinaria fuerza a partir de una técnica absolutamente nueva que acababa de desarrollar: la de los "papeles pintados a la aguada y recortados". El artista recortaba con unas tijeras motivos en hojas de papel previamente pintadas a la aguada por un colaborador de su taller según los matices deseados y después los reunía en una composición. Con este trabajo, un hombre que rondaba los setenta años de edad renovaba profundamente una de las obras más decisivas del siglo XX sin romper, sin embargo, con lo que constituía el núcleo de su manera de proceder y le había situado al frente del fauvismo. "No hay ruptura alguna entre mis anteriores cuadros y mis recortes: lo único que sucede es que, con más absoluto, con más abstracción, he logrado una forma decantada hasta lo esencial, y del objeto, que en una etapa anterior presentaba en la complejidad del espacio, he conservado el signo suficiente y necesario para hacerlo existir en su forma propia y en relación con el conjunto en que lo concibo." Por tanto, Matisse reconocía la existencia de una continuidad entre sus "recortes", como los denominaba modestamente, y sus "cuadros anteriores"; los segundos radicalizaban ("con más absoluto, con más abstracción") la manera de proceder propia de los primeros.
Matisse fue un artista de una lucidez ejemplar. Sus declaraciones serán la fuente principal a la que acudiremos para dilucidar su manera de proceder, manteniéndonos en este caso fieles al método de Gilles Néret que inició este libro y lo hubiera terminado de no habérselo impedido la muerte.
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